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domingo, 31 de julio de 2011

El lector caminante

          Alma de gato sin domesticar, el lector callejero resulta una variante atemperada de exiliado. Huye de casa donde la tele nunca cesa de dar su cotidiana tabarra futbolera, alarmista o sentimental, y donde frecuentemente se cierne una pelea, una tarea pendiente o una impostergable pregunta ahora que no haces nada. También huyes del trasiego, del siseo, del me levanto-me siento, de la solemne y caótica eucaristía de las bibliotecas. Y un día te echas a la calle a leer, escapando del inalienable derecho ajeno a interrumpir tu lectura, a nadar en ese anonimato bullicioso, a afrontar cualquier peligro a ver si así te dejan en paz.


          El mayor de los enemigos del lector caminante son, evidentemente, las cacas de perro. Sin embargo, esa privilegiada y tan reñida posición en el ranking se da de codazos con otro: Los pasillos de los intercambiadores de transporte, generalmente concebidos como grandes cúpulas abiertas, subdividas a su vez por mamparas de cristal cuyo boceto científico podría, al menos, haberse encargado a alguien ajeno al diseño de laberintos para ratones.


          Estos intestinos minimalistas conducen al lector ambulante a encerronas sutiles, imperceptibles para la visión periférica, único panorama del que se disfruta alrededor del libro abierto ante tus ojos, añadiendo al extravío el desaire de verse al final de un pasillo, que posteriormente además ha de desandar, entre tres paredes de metacrilato, y cuya transparencia expone a la vergüenza pública una situación que recuerda fielmente a la de los avatares de los videojuegos dejados a su suerte caminando sin desmayo ni esperanza contra un muro inmutable de bites mientras uno va tranquilamente al wáter o contesta al teléfono.


          Pero la lista de peligros se presenta interminable. El sol de frente, las zanjas, los socavones, los paseantes aún más despistados que uno mismo, la gente que habla a gritos por teléfono o entre sí, los ataques de tos o al corazón, propios y ajenos, el amor y el divorcio, propio y ajeno, el llanto de los hijos propios y ajenos.


          Mosquitos, pequeños insectos curiosos que se posan en las líneas de la página como en otro tiempo hacían los vencejos sobre los cables del telégrafo, despistados insectos que soplas en un gesto amable en vez de caer en la tentación de aplastarlos cerrando de golpe el libro, dando así por preferibles unos difusos perdigones al paisaje de sangre de después de la batalla. Los bolardos, los semáforos verdes para el peatón pero en fase intermitente, mientras los vehículos te bufan sus revoluciones, las motos que a falta de mejor opción circulan por la acera, mendigos, ancianos con muletas, y manchas inconcretas que surgen y a la misma velocidad se pierden en la nada.


          Los suscriptores de revistas o donaciones, señoras paradas en los escaparates, las señoras que vienen de frente por su carril de la izquierda decididas por una cuestión de principios a no desviarse ya sea por milímetros, los salientes bornes de los cierres metálicos de persiana de los escaparates que siegan el paso a la altura de los tobillos, los pequeños perros que ladran lectores a saber por qué, los camareros que salen con diligencia y soltura del local a la terraza con la comanda acrobáticamente retrepada en la bandeja, pero sin señalizar acústicamente dicha maniobra. Los bolardos otra vez.


          Los altavoces de la televisión del metro. Uno recuerda que salió de casa por no verla. El hueco que hay entre coche y andén que exige toda tu atención para ahuyentar la siniestra idea de que el libro mismo o una sandalia puedan caer por él. Los que se contorsionan a tu lado para ver el título de tu libro y que tu crees por un segundo que está sufriendo un desmayo. La gente que sale disparada del vagón. La gente que sube las escaleras mecánica de tres en tres escalones, el sol de frente, otra vez. Los pasos de cebra que son como la muerte del juego de La Oca, rodeada de bolardos y coches que te pueden llevar a la primera casilla o al hospital.


          Y estas son las amables, porque también están las de otra clase, el viento, la lluvia, el invierno, las farolas indecisas, los asaltantes que te tiran el libro al piso pero buscan tu cartera sin relación lógica entre ambas acciones, y apareces de pronto en el centro del territorio apache de una banda y rodeado por ellos y su sonrisa sardónica, conscientes, tal vez, de que hasta sólo un segundo antes ejercías de invitado en la residencia de Emma Woodhouse, con la que mantenías un ameno coloquio.


          No obstante, por fin vuelves a casa incólume, o algo parecido, consciente de que vuelves para morir, como Don Quijote, con el deber de la locura cumplido. Me gusta leer.

domingo, 13 de febrero de 2011

Si no fuera por estos momentos...

          El jueves por la tarde entra por la puerta de la oficina un caballero de cierta edad y se dirige directamente a mi mostrador. Solicita disponer de una cuenta que no era la suya, esgrimiendo una autorización con lo que me parece más soltura de la que produce la simple costumbre.
          Atrapo el papel y aunque todo parecía correcto, resulta necesario, en estos casos, aportar además la libreta y el documento de identidad de los interesados, autorizante y autorizado, por lo que se lo hago saber. El hombre tira de manual y me increpa:
          - !Es la primera vez que alguien me exige algo semejante!- Un clásico de hoy, de ayer y de siempre, y prosigue- Siempre lo hago así y usted - otro clásico, pero esta vez con perdigones- es el primero en ponerme pegas - tres salvas de perdigones más, una por cada pe inicial- Hay un chiquito de las mesas que siempre me lo hace- El chiquito en cuestión está a punto de jubilarse.
          - Es posible, pero me temo que no puedo atenderle en este caso, y mi compañero no está en este momento.
          Dudo unos segundos y decido, que en vez de mandarle educadamente a la mierda, le mando a los otros compañeros de las mesas, por si se tratara de un caso especial a causa de algo que yo ignore.
           Contemplo su pequeña romería por las mesas hasta acabar sentado en la de la Subdirectora, justo delante de mí, y oigo que ella le responde:
          - La disposición de dinero mediante autorización resulta, por sí misma, una situación excepcional que solo atendemos con todas las garantías. Hacerlo sin la libreta ni los carnés de los interesados no nos es posible. Por favor, resulta totalmente necesario que nos los aporte para facilitarle el dinero.
          Cuando el cliente sale por la puerta con humos de pocos amigos, yo ya estaba atendiendo a un chico muy joven que venía a cancelar su cuenta.
          - Este señor es el marido de la ciega aquella, que tiene tan malas pulgas, y andan todos los días a palos entre ellos. Si le doy la pasta de la cuenta de su mujer sin tenerlo pero que muy claro, a lo mejor, los palos nos los llevamos nosotros- le dice la subdirectora al compañero que tenía a mi lado.
           - Eso sí que sería, literalmente, dar palos de ciego- le comento al joven que atendía. Nos miramos y echamos a reír como el que echa a galopar. No podemos parar ni para meter baza. Entre suspiro, lágrima y resuello logra intercalar alguna que otra frase.
           - Si no fuera porque me he tenido que abrir la cuenta en otro banco porque me lo exige la cooperativa en la que me he metido, no cancelaba esta. No sé si funcionarán mejor que vosotros pero, desde luego no me voy a reír tanto, ni de lejos.
           - Pues que sepas que si la cancelas te vas a perder lo de la ciega atizando a la piñata. A lo mejor te libras de un palo, pero ver la sucursal convertida en una yincana, eso no tiene precio, -deformación profesional- te lo puedo asegurar.
           No acabamos abrazados muriéndonos de risa floja porque nos separa un mostrador y la distancia cliente-empleado, tan conveniente en otras ocasiones.
           Al final, canceló la cuenta porque para eso había venido y no había remedio.
           Pero si no fuera por estos momentos...

viernes, 3 de diciembre de 2010

Espejos quebrados

...tu ego ¿qué es?... es una imagen, sólo una idea...
Alan Watts.

Extractos del informe del Dr. Peralta, psiquiatra.
        El paciente se mostraba no reactivo, taciturno, pero tranquilo. No respondía a las preguntas, ni daba la impresión de comprenderlas o de que ello le importara. Cuando nos fue derivado del hospital, sus heridas físicas habían cicatrizado por completo en brazos y manos. La oftalmorrexis evolucionaba sin complicaciones. Se requería su posterior evaluación psiquiátrica. En un primer momento la mutilación no parecía tan apremiante, como los supuestos intentos de suicidio que delataban las heridas en las muñecas. El asistente social no había logrado localizar a familiares o conocidos. Ni se conocía historial psiquiátrico alguno. Había surgido de la nada, sin historia laboral ni relaciones.
        Por suerte en la casa donde fue atendido por los servicios de urgencia, alertados por los vecinos, y donde lo encontraron exangüe y desangrándose, entre el desorden y un mar de cristales rotos, también se halló un portátil inservible, con una batería sulfatada, pero del que se pudieron extraer unos archivos de voz inconexos, lúcidos, a veces ininteligibles, en ocasiones más parecidos a gruñidos o lamentos. La brutalidad de la evulsión autoinfligida y su silencio infranqueable me llevaron a volcarme en esa débil pista en pos de su comprensión. Reconozco que no descansé hasta darles una forma homogénea, a modo de rompecabezas.
        ¿Qué otra cosa podemos hacer los médicos de la psique sino recomponer personalidades rotas en mil pedazos, a veces minúsculos, esquirlas apenas? . Estamos acostumbrados. La esquizotimia delataba su tendencia a la meditación, su aislamiento prematuro, nos hablaba ya de una estructura interior disociada en cuanto a sus funciones psíquicas.
        El material se compone de unos retazos hilvanados entre la poesía y la paranoia, delirante, aunque no del todo alucinatoria, que nos lleva a pensar en una psicosis paraniode con un alto componente de narcisismo vulnerado, tal como parece indicar su fijación por los espejos. Si bien no estoy muy seguro de haber puesto, en esta amalgama, más de mí mismo que de lo que se puede desprender de los fragmentos, los expongo a continuación.



        "Soy insomne. En las horas dormidas en que todos descansan, donde hasta los objetos reposan y los ruidos se aquietan, me paseo por el paisaje abandonado y desierto de las habitaciones, reconfortado por el silencio que fluye, como un surtidor, de la noche omnipresente.
        Soy dueño de todo lo que puedo abarcar, soy el poderoso monarca de esas horas. Una sola inquietud hostiga mi ronda. Los espejos.
        Quizá deberían dormir ellos también, deberían cesar de velar, pero ahí están, inquietantes, también insomnes y vigilantes, acechado con un ojo abierto desde los rincones sin luz, mortalmente vivos, con la reflexiva cualidad lunar, que les hace llamarse lunas, armarios de luna. Y la noche les otorga su apogeo. Son cazadores nocturnos, rapaces, depredadores que han despertado en busca de su presa. Su brillo es el destello paciente de los ojos y de los colmillos afilados de una manada de lobos agazapada tras la cortina de la oscuridad.
        Al principio pasaba ante ellos como una exhalación, y de reojo podía observar mi propia figura huidiza. Llevamos escrita la estrategia de no detenernos ante el peligro cuidándonos mucho de que no parezca una fuga. Bien sabemos que la química del miedo puede ser un perfume que despierte a la fiera tanto como el de la sangre. En realidad mi miedo era su poder. Cuando fui consciente del mismo y de lo irracional de su aparición, reuní el valor para mirarme de frente, y pude leer en mis ojos la letra menuda de una rendición.
        Noche tras noche me fui acostumbrando y asomando, temiendo encontrar a mis espaldas espectros o universos infernales desatados, temiendo que leyera las amenazas angustiosas y ancestrales empozadas en mi mente y las amasara en una imagen cuajada de la aniquilación.
        Pero me encontré con algo más abismal todavía.
        Mientras nos reflejamos en los rostros ajenos, dueño cada uno de su propia luz diurna, de su propio calor de amor o de odio, de su limitación, de su mentira, somos nosotros. Nada nos hace ser tanto, como mirarnos en otros ojos, escuchar sus voces, oler sus respiraciones. Sin embargo, el espejo no devuelve nada. Se queda con tu mirada congelada, con tu olor, con tu voz, con el pulso de tus venas, congela el ser y lo rodea de una sustancia oscura, muerta y viscosa que no se puede acabar de nombrar. Ya eres su presa.
        En el espejo me asomaba a un pozo frontal, de profundidades frías e infinitas, sin fondo. Posee su propia gravedad, una gravedad metafísica que obedece a leyes de un universo desconocido. Esperas oír el susurro de la muerte contando sus secretos. Una estampida de amenazas fantasmales, el odio del más allá. Pero en su marco se contempla un lápida con tu imagen dibujada, atónita, y muda, sin epitafio. Alunado, alobado. Esa imagen de carne fría y vacía, esa imagen desangelada e inmisericorde, era yo. Yo era el fantasma.
        !Qué soledad! !Qué soledad! !Qué abrumadora soledad! (Aquí repite infinitas veces, como un lamento espectral y penetrante, ésta y otras frases ininteligibles. Luego continúa)
        Y, sin embargo, no había llegado todavía al final de mis temores. Lo que de verdad me aterraba era pensar que pudiera existir una confabulación universal de los espejos, y que todos confluyeran, y que todos estuvieran relacionados, y que todos formaran una red surreal de túneles comunicados, una necrópolis bajo la metrópolis, una fosa muerta de cal viva, una Atlántida donde penaremos en círculos, albañales, cloacas inacabables y eternas, y que cada espejo es una gruta en que caer, una nostalgia de nuestro ancestral pasado acuático, una pesadilla que atravesar. 
        Solo un dios cruel nos ha podido implantar un espejo en cada uno de nuestros ojos, en el fondo de la retina. Cada vez que nos miramos en un espejo en realidad no nos reconocemos. Ellos (el fondo de nuestra retina y el espejo) se reconocen entre sí, han detonado la señal. Empieza la caza. La única salvación puede que no sea otra que romper todos los espejos, arrancarnos los ojos."




        La última grabación data de dos años atrás, queda, pues, un largo trecho de dolor, de extravío, puede que de delirio, hasta explicar por qué se arrancó los ojos con una cuchara afilada. Las heridas en antebrazos, que me llevaron a pensar, en un primer momento, en un intento de suicidio, quizá no respondan más que al hecho de su furor desatado por romper espejos y otros cristales de la casa. Sólo un miedo insalvable y continuo en el tiempo, quizá, acompañado de episodios psicóticos, pudo llevarle a esta situación.
Demócrito
        Desde luego no parece seguir el ejemplo del risueño Demócrito, el primer filósofo atomista griego, del que dice la leyenda, se arrancó los ojos para demostrar su desprecio por los placeres de la vista y poder concentrarse en el conocimiento interior. Algo así como Lucía Casta de Jerez que lo hizo por evitar la tentación. Bien pensado, es posible que, más bien, siga la huella del rey de Tebas, Edipo, cuya única expiación fue morir ciego después de matar, romper en pedazos la imagen de su propio padre. Resultaba, en cierto modo, una manera de sobrevivir.

Máscara de Edipo
      Una vez en la consulta, leí los fragmentos al paciente con el afán de que comprendiera mi interés por comunicarme con él y por entenderlo. En aquél momento el sol le calentaba la cara. Esto parecía complacerlo y yo le situaba donde pudiera disfrutarlo. Rechazaba las gafas oscuras y se quitaba las vendas cuando se las restituían. Su cuerpo descansaba inerte, pero erguido en el sillón, su rostro, inexpresivo, sin vida, lucía dos profundos cráteres donde debían estar los ojos. Al final de la lectura hizo una mueca, que pudo ser una contracción muscular o una reacción a la luz, pero que yo quise interpretar como una sonrisa.
        El horror, con su parafernalia sangrienta y emotiva, comúnmente suele ocultar, funciona como coartada para enturbiar, enmascarar, la visión clara y cristalina de la propia muerte.

http://www.youtube.com/watch?v=7ewWOHHcc_s

sábado, 27 de noviembre de 2010

Viajes espaciales en un lugar sin espacio II

El espejo del baño

        Otro lugar interesante en mi casa era el baño, un pasillo estrecho, sin salida, alicatado hasta el techo de azulejos de un blanco brillante de hospital y cuyos intersicios habían sido repasados obsesivamente, mano en ristre de un minúsculo pincel, con la línea plastificada del baldosinín. Estaba presidido por un lavabo gigantesco, también blanco, como un altar. Un rincón perfecto para abismarse en los pensamientos, la única puerta de la casa dotada de pestillo, y, lo que era aún más importante, la única habitación con espejo.
        Encima del lavabo había colgado un mueble de metal, ultramoderno para aquellos días, que servía, al tiempo, de contenedor a los utensilios de aseo y de espejo. Un sagrario para aquel templo de silencio. Se dividía en tres cuerpos (Gallia est omnis divisa in partes tres). Uno central, más ancho, y dos laterales más pequeños, cuyas puertas poseían la maravillosa facultad de abrirse hacia el centro.
Mare Tranquilitatis
        Aquella disposición tan extraña de un espejo en un lugar tan estrecho en el que no cabían dos personas, una detrás de la otra, tan terminal que no iba a ningún sitio, y, a la vez tan íntimo, conformó en mi mente el extraño pensamiento de que nadie de mi familia se reflejaba en los espejos. Nunca había visto a ningún miembro de mi familia a través de un espejo. No tenían acceso a este reino, un reino sólo para mí, en realidad, el único reino apaciguado en la tierra, el verdadero mar de la tranquilidad que luego sabría que había dado nombre a cierta región lunar, destino del primer alunizaje humano. Qué bálsamo la soledad de los espejos, de las lunas de los espejos.
        Si abrías los laterales e introducías la cabeza en medio, podías observarte desde perspectivas impensables. Incluso, si cerrabas un poco tras de ti las puertas, podías, cosa increíble, vislumbrarte el cogote, que imaginaba como el fondo de tu propio ojo. Pero lo mejor era sin duda ponerlos enfrente uno de otro. Entonces se descubría una grieta, un belvedere que abría un balcón hacia el infinito. Me podía ver allá en la lejanía pidiendo socorro, e irme a rescatar en mi nave cuántica, atravesando las infinitas dimensiones que parecía formar cada imagen alejándose. Si flotaba o levitaba, no lo sé, no estaba allí para verlo.
        Aquellos cristales eran ligeramente flexibles, y si se hacía la suficiente fuerza en los bordes, se podía ver cómo se curvaba el universo. Cuando mucho después supe que Einstein ya sostenía que la geometría del universo tenía poco que ver con Euclides y que se curvaba, como el horizonte de la tierra, que resultaba que tampoco era tan plano, sentí más ternura que admiración por ese hombre, más nostalgia por el niño que fue que por el sabio que llegó a ser.
        Moviendo los espejos laterales en paralelo, basculaba, allá lejos, la imagen de aquel itinerario infinito, dando la impresión de velocidad próxima a la de la luz. A veces encontraba civilizaciones civilizadísimas que emanaban una aureola luminosa de bondad, y otras veces, siniestros peligros, y seres malignos que conjuraba con mi habilidad en el pilotaje espacial. Expacial.
        Estas aventuras solían terminar con golpes en la puerta, y gritos que reclamaban la inmediata apertura del baño, exigida por necesidades más perentorias o derechos adquiridos de prelación. En ese momento cobraba súbita conciencia de que en mi pecho moraba un corazón de sangre fría, un lagarto enroscado y aterido. Respiraba hondo, más hondo de lo que quisiera, atezaba un poco mi pelo con agua, volvía a su sitio los espejos laterales, que se ajustaban con un cierre de imán que me recordaba al sonido de las compuertas de las naves espaciales, y, con un gesto parecido a la resignación, aterrizaba en la tierra y liberaba por fin el pasador.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Viajes espaciales en un lugar sin espacio I

"Aquella estrella gigantesca...era testigo de la insignificancia de nuestras acciones, de la indiferencia del vacío, del espacio, con la cual nadie se reconciliará jamás."
Stanislaw Lem. Retorno de las estrellas


     Nadie me ha enseñado a vivir, y, para mí, se ha convertido en un acto inútil de desesperación absoluta. Sólo soy, como se dice comúnmente, un hombre empeñado en no morirse. Confieso que he sobrevivido. Sobre haber vivido, no puedo decir tanto. Tengo el amargo convencimiento de que el ser humano está dotado de la capacidad de superar los hábitats más adversos y las condiciones más hostiles. Lo que no sé es si eso sirve de algo. Sobreviví a mi país, a mi barrio, a mi casa. A mi familia.  No me mató pero tampoco me hizo más fuerte. Quizá, eso sí, más triste.
     Con el tiempo he desarrollado una estrategia que me permite minimizar estragos. Por un lado una anestesia contra el dolor, que se resuelve en una amnesia, en un olvido de las personas que lo causaron, y por otro, en mantener vivo el recuerdo de lo que me permitió seguir adelante. Y ahí voy.

La Telefunken

     Por aquel entonces, el televisor ocupaba, en el salón-comedor de apenas diez o doce metros cuadrados, el lugar sagrado del que había sido desplazada la radio de madera con sus botones nacarados y su rejilla de tela por la que se difundía habitualmente una enardecida y monocorde voz nasal. Por contra, la Telefunken, aunque poseía toda la prestancia y el reposo que se le suponía a la nobleza del mobiliario más vetusto, se le añadía el prestigio alemán del ojo tecnológico y oscuro. Para los niños resultaba tan hipnótica como una bola de cristal, incluso en su estado habitual de reposo.
     Su quietud, su silencio, su indiferencia, su oscuridad, su abismal inhumanidad me ponían en el disparadero de sentir, ante él, la misma grandiosa congoja que pudo sentir Gagarin, la primera vez que un hombre saltaba al espacio. Asomarse, por un ángulo, a la superficie curvada del cristal oscuro, te devolvía la imagen deformada de tu rostro, como la que se podría ver si estuviera embutido en una escafandra, flotando en las tinieblas, rodeado del más majestuoso de los silencios. Sólo podía escuchar mi respiración que empañaba, a ritmo regular, la superficie brillante y frágil que me separaba de la nada absoluta, de la muerte instantánea.
     La tele tardaba casi un minuto eterno en encenderse. Nadando en el gris primigenio de la pantalla, empezaban a aparecer destellos, brillos intermitentes, fogonazos, hasta que surgía un punto situado en el mismo centro, muy brillante, como el núcleo de una galaxia, que se estiraba, por fin, en una línea horizontal, ampliando la perspectiva. Esta línea se abría, posteriormente en abanico hacia los extremos inferior y superior de la pantalla. Sólo entonces empezaban a surgir las imágenes.
     Asistir al encendido constituía una ceremonia a la que no estaba dispuesto a renunciar, y me disgustaba que nadie pulsara el botón sin antes avisarme. Solo que a nadie le importaba. Cuando se acercaba la hora de la merienda en que comenzaba la emisión, me poseía la impaciencia y anticipaba una genuina excitación. Simplemente pensaba que la imagen venía flotando por el espacio y arrastraba consigo todo ese polvo de estrellas, cometas, meteoritos y asteroides. Sentía, una y otra vez, la misma emoción que si lanzaran un cohete desde Cabo Cañaveral a la Luna, a Marte o a Júpiter. Eran años de carrera espacial, de asombro e impaciencia. La expectativas de alcanzar nuevas fronteras eran superadas, vertiginosamente y de continuo, por los logros.
     En aquel televisor de válvulas, y durante el minuto que duraba el encendido asistía con verdadero éxtasis al viaje entre nebulosas, al nacimiento de cuásares, y al azar de las corrientes gravitatorias. Luego la emisión no resultaba tan interesante, excepto cuando abundaban con un episodio o película sobre el espacio exterior. Por entonces me gustaba llamarlo el expacio.
     En mis sueños me acunaba el pensamiento de ser como un embrión flotante, orbitando sobre la tierra. Volar, flotar, tal vez soñar.

PD. Mañana la segunda.

domingo, 31 de octubre de 2010

Jacob se muda

     Con toda la extensión de su brazo, lanzó el paquete arrugado y vacío al rescoldo de la chimenea desde el otro extremo del salón. Éste resultaba demasiado espacioso y desangelado para su gusto y sus necesidades de hombre solo. Bombillas de filamento, marcadas por el polvo y por gotas de pintura, pendían de paredes y techo, por lo demás desnudos. A excepción de un sillón de orejas granate, única herencia del anterior propietario, que rezumaba estopa amarilla, y de un conjunto de comedor, mesa y cuatro sillas, tan lacados y nuevos que se apretujaban en su flamante timidez un poco alejados, el único dueño y señor, la única abrumadora presencia en aquel salón con galería superior y bóveda de cañón, era el retumbar del eco. La paredes blancas, con el olor característico de lo recién encalado, usurpaban el pretendido calor de hogar del gres rojo del pavimento. No le había quedado más remedio, por el momento, que dejar su amado equipo de música sobre las losetas irregulares del suelo. La restauración de la cuadra del sepulturero parecía sugerirle que todo estaba en un orden demasiado perfecto para recibirlo, con la frialdad de una bienvenida exageradamente formal, sonrisas forzadas que anunciaran una subrepticia hostilidad. Se acomodó nuevamente en el sillón junto al cerco de madera barnizada de la ventana, e imaginó a un labriego de piel oscura y agrietada, que, ataviado con un frac, esperara ansioso que cayera la noche para desabotonarse el rígido botón del cuello almidonado.


     El paquete se quedó a medio camino. Ni siquiera rozó el frente. Iba a dejar de fumar pero ya, definitivamente. Era la tercera vez que se lo decía hoy, y la tercera es la verdadera. Un domingo a esas horas ya no encontraría tabaco excepto en el bar del pueblo. Aquella taberna no disponía de su marca y la que ofrecía era a precio de traficante y pegaba al paladar un sabor acerado próximo a la arcada. No le gustaba el tabernero ni su mugrienta barra ni toda su pringosa clientela, vamos que no pensaba bajar y decir hola y someterse al escrutinio riguroso de su misantropía. Ni se decidía tampoco a tomar el coche y salir del pueblo, paralizado, sin saberlo, por la falta de costumbre de sentirse observado de forma taimada.


     Cuando aplastó la colilla en la tierra cuarteada de la maceta del tallo reseco, que había arrastrado desde el exterior para que le sirviera de cenicero, empezó a considerar la posibilidad de que el paquete, impulsivamente aplastado por su mano, apresuradamente arrastrada por fugaces frustraciones, pudiera contener un cigarrillo más. Se lo podía imaginar tontamente echado a perder, víctima de su irreflexión, y, sin embargo, con un poquito de suerte, todavía recuperable. En su cabeza se desencadenaba la sirena de la nicotina, y un equipo de urgencia se disponía a partir. Antes eligió una música que lo tranquilizara. Kamakiriad (*). Donald Fagen. Perfectamente deslabazado y pasado de moda. Cuando salió el disco, diez o quince años atrás, ya lo estaba. Aquel fondo de saxofón, que llevaba el ritmo a escupitajos, era probablemente lo único con auténtica textura allí.




     De todas formas, se convencía, debería recoger el paquete del suelo y echarlo al fuego como rito expiatorio que expresara su determinación de represar los pensamientos que le trotaban por la mente a punto de galope. Sin saber cómo, se encontró arrodillado junto a la inerte bola de cartón y plástico y sus manos se afanaron en abrir, con la delicadeza con la que se abrirían los pétalos a una flor o los dedos de un bebé, la arrugada superficie del paquete.


     !Joder! !Vacío! La imaginación le jugaba malas pasadas y tendría que bajar a la taberna a exhibirse frente a la parroquia. La primera vez que transpuso su umbral, la tarde anterior, y avanzó entre la disimulada curiosidad de la asistencia, recibió su primer revés. Pidió, después de un café, tabaco, y no disponían de su marca. Allí nadie fumaba de eso, añadió Fermu, al otro lado de la barra. En el local se podía mascar el silencio como el tabaco. Las comisuras arrugadas de los lugareños, que no sus ojos, fijos en el mármol irisado de los veladores, daban indicio, con su mínimo y sincronizado alzamiento, de una sorna colectiva que amalgamaba el grupo y que le había etiquetado, de entrada, como un extraño.


     Por supuesto, no quiso dar la impresión de haberse dado cuenta, y se presentó. Había comprado y reformado la casa junto al cementerio y había decidido pasar aquí, en Huerta de los Monjes, una temporada, añadió con una sonrisa que no supo ser franca.


-Antes se huía del pueblo por necesidad, y ahora tocaba salir escopetado de las grandes ciudades a saber por qué- Sentenció Fermu, que además de posadero parecía tener mimbres de filósofo. A Jacob le pareció que la grosería sobrevoló las mesas con la liviandad con que se habla del tiempo o de la cosecha, pero que de igual modo echaba por tierra su supuesta superioridad urbanita, la desenvoltura de sus movimientos y hasta la hechura de su terno.


     Pero la cosa no quedó así, y mientras el posadero se ponía de puntillas para alcanzarle el paquete, y lo plantaba encima de la barra como el que canta las diez de monte, le anunció el precio. Un precio escandaloso, de estafa, de turista. Aceptarlo rozaba lo humillante. La sorpresa lo dejó mudo mientras echaba la mano al bolsillo. Y entonces Fermu aprovechó para rematar.


-Cuando se empieza a huir, acaba uno rebotando como la bola de un pinball.-Y señaló la máquina desvencijada al fondo del local con el pulgar. No dejando muy claro si se refería a la circulación natural de la población o directamente al recién llegado.


-Sólo que eso a usted no le importa- contestó, subrayando las tes, pero con apenas un hilo de voz, sin conseguir contrarrestar el aplastante y certero diagnóstico de aquel hombre rechoncho. Salió del bar teatralmente enhiesto, levantando el antebrazo en un gesto a medias de despedida y de desprecio. Su sombra, proyectada por la luz de la tarde, le siguió demorada, arrastrándose entre cáscaras y servilletas arrugadas.


     Estaba acostumbrado al aborrecimiento franco y sin ambages que le infligía su mujer, o ex mujer ya, o no. O la cosa que fuere en el trámite de mandarse mutuamente, y de las peores formas, a freír espárragos. Quizá no esperara una bienvenida, pero esa rústica sutileza lo desarmó.


     Con este recuerdo en mente, periódico en mano, aplastó una mosca que rebotaba contra el cristal de la ventana al ritmo de los regulares golpes de saxofón del disco. Un momento después cayó en la cuenta de que una mosca en un cristal o una bola de acero en un pinball podía rebotar, mecida por el ritmo, pero acabaría sin remedio, era cuestión de tiempo, succionada por el sumidero debido a la inclinación de la plataforma del aparato. La tenacidad de la mosca se resolvía en agitación, su energía en un simulacro, no había verdadero movimiento, traslado, cambio.


     Se sentía prisionero de un oscuro temor que se negaba a llamar cobardía y si afrontaba los peligros del juicio ajeno, dando una impresión inestable de coraje ante sí mismo, lo hacía empujado por su propia debilidad. Llámese tabaco. Cualquier clase de tabaco.


     No había desembalado todavía las maletas. Un poco por pereza, y un poco por la sorda negativa a seguir cualquier conducta que su in, ex o cosa, pudiera considerar adecuada. Ataviado con aquel terno, demasiado formal, en que se había empeñado en presentarse, tendría que volver a aparecer ante sus nuevos vecinos.


     Después de los aguaceros de media tarde, se había enfangado el camino hasta la única calle asfaltada e iluminada por los pocos faroles, precaria defensa contra la oscuridad, de aquella pequeña población. Acercar su coche de ciudad hasta la puerta del bar y arriesgarse a quedar atravesado o, mucho peor, arrumbado a la vereda, le podía dejar en la situación desairada de dejar al descubierto su torpeza y de verse obligado a pedir ayuda a los que gustosamente se la prestarían sin dejar pasar la ocasión de la chanza.


     Aquel goteo de circunstancias y prevenciones se estaba volviendo endemoniadamente contra él, pensó al verse a sí mismo saliendo de casa enfundado en su terno de gala, muerto de frío, amenazado de lluvia y teniendo que afrontar aquella densa oscuridad sin luna, con un cielo cerrado por las nubes, y por aquel sendero donde ya resultaba complicado mantenerse en pie, como para esquivar las irregularidades y charcos de una pendiente convertida en un lodazal. Con todo, el vaho de su respiración, y el dolor del aire en sus pulmones, le insuflaban el ánimo suficiente para el cumplimiento de una promesa, que le empezaba a parecer, por lo inasequible, una profecía.


     Cuando, por fin, recaló en el recinto iluminado, el barro le cubría completamente el calzado y le llegaba a la altura de las rodillas, distribuyéndose en salpicaduras hasta casi medio cuerpo y mangas. Pocos le hicieron caso, arracimados y más atentos al televisor, que había sido aupado al altar mayor de aquella parroquia, y que desde su atalaya emitía, a media voz, los detalles de una nueva y apasionante jornada liguera. Fermu, acodado sobre la bisagra de la barra, junto al aparato, parecía no haberse dado cuenta de su llegada.


- !Buenas noches, hombres de las tabernas!- se anunció con una gran sonrisa en la cara.
-!Buenas!- respondió Fermu, desprevenido.
Un hombre sentado de espaldas se dio la vuelta y apuntandole pareció querer decir algo, justo en el momento en que Fermu le hizo un gesto con la palma de la mano para que le dejara hablar a él.
-Esta tarde ha venido una mujer buscándolo- El coro asentía y enseñaba los dientes- Por cómo hablaba de usted, no nos pareció lo más adecuado darle su dirección. Se fue a Llaneras, donde dan camas, para pasar la noche.- Entonces aparecieron las encías más allá de las caries.
-Pero hombre de Dios,¿cómo viene usted así? Siéntese y tome algo caliente por favor- Dijo el Plauto, alto y enjtuo, al verle envarado y mudo por la sorpresa, acercándole una silla.- !Fermu, un autoarranque!.


     Jacob se dejó sentar como un niño el primer día de escuela. Y le plantaron delante un vaso de caña hasta el borde, de algo que parecía, olía y no era otra cosa que aguardiente blanco. Se dejó quemar las entrañas y sólo pidió a cambio un cigarrillo para acabar de carbonizar sus vías respiratorias. Sus tuberías abrasadas armonizaban admirablemente con sus pensamientos.


     Todos respetaron su silencio y siguieron a lo suyo, que era nada. Jacob no volvió en sí hasta más que mediado el vaso turbio que contenía aquel líquido cristalino, y lo hizo poco a poco. Al principio le llegó la monótona descripción de las hazañas hiperbólicas de los futbolistas narradas con entusiasmo profesional. Más adelante le pareció que aquellos lugareños soñaban, vivían arremolinados alrededor del tenue calor del heroísmo macho que desprendía el relato del televisor, como si viniera de un lugar muy lejano, de un pasado muy distante. Por último, cayó en la cuenta de que aquél era un refugio contra el frío, contra la noche, contra el barro, contra el tiempo. Un refugio sin mujeres, una cobardía sarnosa, zafia y grosera. Y descubrió que aquel era su sitio. El sitio donde decidir no afrontar a su in, ex o cosa, el lugar en que despertar por fin de la pesadilla de su matrimonio. Pidió un paquete. A Fermu, casualmente, le acababa de llegar su marca preferida.


     Cuando, acabada la velada, lo acompañaron a casa, toda aquella procesión de borrachos, que resbalaban, caían y se alzaban de nuevo entre risas bravuconas, pendiente arriba, se consideraban ya poco menos que la comunidad del anillo. Entraron y encontraron admirable la ausencia de decoración y palmearon rudamente en la espalda a su dueño. Lo subieron por la escalera con los brazos colgando, y lo acostaron en la cama completamente bebido y con el estómago vuelto del revés, aunque aún tuvo la suficiente lucidez para apreciar, en el brillo de sus ojos, que ya lo consideraban uno de los suyos. Empezó a soñar que era Blancanieves y que sus nuevos amigos despeñaban a la bruja por un acantilado.


     Los siete enanitos contemplaron con la gran satisfacción propia de una venganza que les estaba vedada, y durante largo rato todavía, a Jacob con el resplandor del olvido pintado en la cara como si fuera una suerte de felicidad y envuelto con el traje apelmazado de barro entre las sábanas inmaculadas.




(*)Kamakiri es mantis religiosa en japonés y el nombre de un coche de alta tecnología en el disco.

martes, 14 de septiembre de 2010

La tortuga se escapó

"Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural"
Julio Cortázar


El tiburón acechaba a sus presas agazapado bajo la arena. No asomaba sobre la suave superficie ni la más mínima señal de su enorme corpulencia. Ni la punta de ninguna de sus afiladas aletas caudales, o dorsales. Un palmo por encima, una jirafa y un leopardo paseaban distraídos, charlando de sus asuntos familiares. Ni se les pasaba por la cabeza que una hilera de dientes sobre unas mandíbulas abiertas pudiera estarles aguardando. Jorge se hacía la idea de que, puesto que tenían el mismo color de pelaje, jirafa y leopardo debían de ser hermanos. El manso leopardo cabizbajo y la altiva jirafa. Muy distintos en forma y tamaño, como Juanjo y él mismo, pero hermanos en la misma redecilla de plástico, donde habían sido envasados.

De pronto, tras los diminutos pasos de los hermanos, surgió  el tiburón con un salto acrobático, dado a cámara lenta, entre una tormenta de arena, y se abalanzó sobre ellos.  Sus dientes se aferraron sin piedad al lomo de la jirafa.

Ésta se agitaba de forma convulsiva para zafarse de las fauces del tiburón que atenazaba sus mandíbulas sobre su víctima mientras emitía feroces gruñidos. La pantera apenas podía abrir la boca más que para morder la punta de la cola. Se lo impedía el plástico, demasiado duro, del que estaba fabricada, aunque, en eso echara el resto. De modo que el gigantesco escualo con las mandíbulas fieramente abiertas y sangrantes de pintura roja y que, además, duplicaba en peso y tamaño a las dos pequeñas criaturas, estaba ganando ya la partida, cuando de repente con una salvaje sacudida de la jirafa, ésta consiguió zafarse del gigantesco animal, y un certero golpe al contraataque, conectado con sus dos pequeños cuernos romos en el vientre de la bestia, la lanzaron, vencida completamente, a cierta distancia junto a unas pequeñas retamas, al tiempo que los dos hermanos, jirafa y leopardo, saboreaban y celebraban su victoria entre grandes voces, los brazos en alto y con gran remolino de arena.
- !Mamá, mira! !Mamá mira! !Jorge está zumbado, mama!- voceó Juanjo a su madre que, lejos de ambos, compartía corro junto a sus tías.
- Ya- Su madre se mantenía absorta y acalorada por el sol y por la conversación en la que siempre había de salir, se tratara de lo que se tratara, con su caso.- Pues a mí, lo mismito...- proseguía.

Jorge de cuatro años recién cumplidos, pequeño y dorado, ojos de amanecer. Su hermano Juanjo, de ocho años, larguirucho, cabello negro, ojos profundos y oscuros. Habían llegado al apartamento muy entrada la noche, o eso le parecía a Jorge, y apenas recordaba nada, sino que habían madrugado para desembarcar, muy de mañana, en la playa de dunas salvajes, casi sin bañistas a esas horas tan tempranas. El viaje en aquel verano del 68, había sido de tres calurosos días con dos paradas para dormir desde Madrid al Delta del Ebro. El primer tramo lo realizó, en un tren sofocante, sólo la familia, su padre Juan José, su madre, Berta, muy cargados de maletas, y ellos dos. El convoy recorría lentamente extensas lejanías y hacía paradas muy prolongadas hasta la ruinosa casa en el pueblo de los abuelos, que fueron a buscarlos a la estación ya caída la noche. Allí les esperaban tía Yoli, tía Julita, la mayor, y su novio Coque, para proseguir el viaje a la mañana siguiente, durante dos jornadas más, parada nocturna y fonda de carretera de por medio, en la furgoneta nueva de éste, que era el que había tenido la idea de ir todos juntos.

Esta segunda parte del trayecto constituía para Jorge una larga jornada atravesada en estado de duermevela y desmayo, sufriendo el calor reconcentrado bajo la chapa estriada del vehículo , apenas aliviado por las ventanillas abiertas y ensordecedoras, que hacían inaudibles, entrecortadas y llenas de malentendidos las conversaciones mantenidas a voces. Solamente le sobresaltaban, de cuando en cuando, los insultos y juramentos que Coque lanzaba a otros coches. Coque manchaba su camisa por las axilas con un sudor abundante del que se mostraba masculinamente orgulloso, como de las mangas echadas hasta casi los hombros de las que surgían fuertes brazos morenos y cubiertos de un espeso vello negro. No se abotonaba los tres primeros botones, y mostraba varias cadenas finas colgadas de su cuello con medallas a modo de sonajero, lo que parecía hipnotizar a las tías, pero, por contra, intimidaba a Jorge. Había mucho Coque debajo, y la camisa no lo iba a contener. Jorge Sabía ya cómo imitar su gesto de desprecio a los camiones ruidosos y agonizantes que adelantaba.


Sus tías le habían regalado a Jorge una bolsita con animales de la selva y a Juanjo, que ya era mayor, una caja metálica de acuarelas acompañada de un cuaderno de dibujos para colorear.

Esa mañana, al llegar a la playa, vio por primera vez el mar. Aquello compensaba, sobradamente, todas las penalidades del trayecto. Era como salir de pronto de una larga convalecencia y ver el sol recién nacido. Sacó sus animales relucientes y las dunas se le representaron como el escenario perfecto para las aventuras de sus figuras de animales.

Jorge fue a recoger su tiburón, que, junto con la pantera y la jirafa eran los tres únicos animales que le quedaban del saquito de seis que le habían regalado. Los animales jugaban al escondite en las dunas y luego no volvían a aparecer. Echaba de menos al león, porque era grande y magnífico, aunque no les dio tiempo a conocerse bien. Pero no a la gacela y a la cebra, que bien se echaba de ver que estaban de figurantes en la selva y habían sido fabricadas con rebabas y desgana.

El tiburón había caído a la sombra de un matorral, y cuando Jorge se agachó y alargó el brazo para recogerlo pudo ver la cabeza y el brillo de los ojos de la culebra. Anteriormente su madre le había prevenido con mucho manoteo y teatralidad, ahuecando la voz, sobre lo asquerosas y peligrosas que podían llegar a ser las serpientes ocultas entre las piedras y malezas. No sabía expresarlo como no fuera mostrándolo como una experiencia tremebunda cercana a la muerte.

- Que no te vea yo meter la mano- advirtió con la suya en alto.

Solo que esta serpiente no tenía pinta en absoluto de ser peligrosa ni asquerosa. De hecho, daba la impresión más bien de estar muy fatigada, ser muy vieja y de estar llorando. Resollaba fuertemente con la boca completamente abierta para aliviarse del calor y la vejez, y hacía una extraña pareja frente a frente con el tiburón al que miraba fijamente, también con las fauces exageradamente abiertas, convertida su fiereza de plástico en deslumbrado asombro. También el tiburón parecía más atónito que amenazante.

Aquella serpiente era muy extraña. Lloraba lágrimas manchadas de arena y abría y cerraba los ojos cansadamente. Cuando los de Jorge se acostumbraron a la sombra vio que vivía dentro de una gran cúpula y que a los lados surgían fuertes patas. Era verde y de la forma y el tamaño aproximado de un melón.

Retiró el tiburón y quiso enjugar, limpiar las lágrimas arenosas de los ojos de aquella penosa y extraña culebra. El animal no escondió la cabeza, ni se defendió. Se dejó hacer, pero Jorge se dio cuenta de que sus manos estaban enguantadas, como un suave musgo, de la misma arena, imposible de eliminar con simples palmoteos. Había que acercase a la orilla y lavarse cuidadosamente con las olas. El agua fue sorprendentemente fresca y amable, e impregnada con ella, y con la pequeña cantidad que cabía entre sus manitas quiso volver a mitigar la postración de su nuevo amigo.

Cuando regresaba, su hermano ya curioseaba bajo el matorral.

- !Mamá! !He encontrado una tortuga!.

Y la sacó a rastras de su escondrijo, agarrándola por sus patas delanteras.

- ¿Me la puedo quedar?- Gritó Juanjo.

-Sí . Dijo su madre abonada a los monosílabos, y sin saber muy bien lo que otorgaba.
Jorge corrió echando a perder el agua que llevaba en sus manos ahuecadas.

-Yo la vi primero - Abogó sin convencimiento.
-Es mi tortuga. La he cogido yo y mamá me ha dejado tenerla.
-Pero yo la he visto antes y es mi amiga- Abundó Jorge inútilmente.
-Es mía- Le restregó arrastrando la "i". Tenía cuatro años más, la fuerza suficiente y, ante las protestas, gritos o llantos desesperados de Jorge, ya imaginaba cómo acallaría mamá su disputa. Una madre sobrepasada por una agarrada entre sus hijos que echaba por tierra su reputación ante sus hermanas solteras. Lo mejor que podría pasar es que ambos se quedaran sin tortuga. A Jorge no le quedaba otro remedio que aceptar el hecho de que el título de propiedad de la tortuga lo ostentara públicamente su hermano si quería seguir cerca de ella.

- Es tuya, pero es amiga mía.

De todas formas, Juanjo sentó a su hermano en la arena de un empujón y se alejó con ella bajo del brazo. La dejó caer junto a su cubo y su pala y empezó a cubrirla con flanes de arena. El animal parecía resignado, demasiado cansado para protestar, pero aquello encendió a Jorge sin remedio y acudió al rescate sin pensar. Y empezó a forcejear con su hermano ciegamente, un poco a la desesperada.

- Mamá, este idiota me está pegando y no me deja en paz- gritó Juanjo que mantenía a su hermano cómodamente a distancia, con el simple gesto de alargar su brazo.
- !Jorge!, !Déjale en paz!- Pero Jorge, manoteando, no oía -!Ahora mismo! - Solo veía los ojos de la tortuga llenos de arena otra vez. Jorge era un leopardo ayudando a una jirafa a zafarse de un tiburón- !Jorge! !Ahora vas a ver!.

Su madre avanzó hacia ellos a largas zancadas levantando la arena con las chanclas. El primer bofetón lo cogió por sorpresa. Sólo recuerda que lo agitó y lo gritó durante un instante eterno. Y luego su propio llanto y la risa de su hermano, y las lágrimas de la tortuga.
-!Este niño! !Me saca de mis casillas! !No puede estar una distraída ni un momento! -Y se alejó hincando los pies y resoplando hacia el grupo ante el que se lamentaba del comportamiento de sus hijos, cuyas disputan la acaloraban aún más. Eso no les pasaba a sus hermanas, que estaban tan frescas.

Al rato, cuando las lágrimas dieron paso a los mocos, tía Julia se le acercó, lo cogió en brazos y lo besó.
-¿No ves que no os tenéis que pelear por una tortuga?¿Dónde están los animales que te regalamos ayer, Jorge? - Y Jorge, privado del habla, miraba las dunas entre hipidos y escepticismo. También iba a echar de menos a la valiente jirafa.
- Este niño lo pierde todo. Es tonto. No puede tener una tortuga. Se le escaparía.- Apuntó certeramente Juanjo, al que no se le escapaba una.
- Bueno, dejadlo ya. Que buena se las preparáis a vuestra madre.


* * *

La tortuga se quedó con la familia durante las vacaciones. Acompañaba los juegos de los niños en la playa, y por la tarde deambulaba por el apartamento desordenado, subiendo por encima de los zapatos y bultos de ropa sucia, y rasgando las bolsas de basura en busca de comida o quién sabe, y haciendo tropezar a las tías y maldecir a los hombres.
Juan José padre (que daba la impresión de haber venido de vacaciones con la única intención de aplaudir, corear y jalear las ocurrencias de tío Coque, el que apenas podía contenerse en los límites de su camisa) competía con éste en zaherir al animal con insultos que iban creciendo en grosor y volumen, y más tarde en inventar maneras ingeniosas de ejercer la crueldad, desde untarlo con mermelada, utilizarlo de diana en juegos de puntería con bolitas de papel, garbanzos u otros proyectiles o torearlo con una servilleta y rematar la suerte suprema (que por suerte no se consumaba) con un tenedor. Pero la palma se la llevó el gol-pase, que consistía en deslizarlo en una mezcla de empujón-patada por la superficie del piso, usándolo como balón para realizar entre sí pases casi futbolísticos por debajo de la mesa del comedor, mientras ambos comentaban radiofónicamente toda aquella vicisitud digna de mención, por ejemplo, el regateo a tía Julita que pasaba por allí y que alzaba, entre risas, la bandeja de las croquetas a punto de echarse a perder. En cierto momento en que el exceso ascendió a algo parecido al delirio general, Coque amenazó, con el animal entre las manos y sacando sus brazos al exterior de la terraza, con tirarlo por ella para ver cuánto podría resistir su caparazón, entre la bulliciosa admiración falsamente aterrada de las mujeres, que se llevaban las manos a la cara.

-!Hay que ver, qué hombre este!

El animal de duro caparazón y mirada escéptica, era ajeno al interés científico que suscitaba, y cuando lograba que se olvidaran de él se dirigía lentamente y con determinación inexorable hacia Jorge. Su derrota se orientaba como una brújula hacia donde el niño se encontrara, y de madrugada, aunque lo guardaran en una caja de gaseosas boca abajo, conseguía abrirse paso, levantar su celda, abrir la puerta de la habitación donde dormían los niños y amanecer bajo la cama del pequeño.

A los tres días Jorge se dio cuenta, de repente, de algo muy importante. En la casa de Madrid, el fragor familiar diurno se forjaba a golpe de rugidos que estallaban, de cuando en cuando, en alaridos. Sus padres prolongaban el clamor hasta bien entrada la noche. Jorge los oía aterrado desde su cama sin poder dormir. Se amenazaban, se oía el caer de objetos, golpes, aullidos desgarradores, el llanto y la rabia de su madre. Intuía que toda cólera buscaba inexorablemente su víctima, y se sentía como el queso que hay al final de un laberinto por el que circularan miles de ratas. Muchas noches no podía conciliar el sueño hasta mucho rato después, ni sabía con claridad si todo aquello lo había soñado o vivido.

En el apartamento, sus padres parecían ajenos entre sí, satisfechos y alborozados con las tumultuosas conversaciones y risas estrepitosas. Las tías eran chillonas y divertidas, y Coque las jaleaba con su humor bronco. Éste había conseguido un single de Chuck Berry y cantaba a viva voz el estribillo: "Yoli be good", para tortura-regocijo de la aludida. Para rematar LPs de Raphael sonaban a voz en grito por el altavoz del maletín del tocadiscos. Todos coincidían en que era el mejor cantante del universo. Y hasta el último confín del mismo debían oírse sus gorgoritos.

Pero Jorge descubrió en los ojos resignados de la tortuga y en la ciega determinación de seguirle adonde quiera que fuese, que ella no participaba del bullicio, y que su mundo de verdad era amable y silencioso. !Qué atronador era su silencio! !Cuánto le confortaba!. Se dio cuenta de que su caparazón (que llevaba arañado, garrapateado, intuía Jorge, el nombre de Juanjo) generaba una campana mágica e invisible de silencio y complicidad, que resultaba inexpugnable. Nunca había conocido nada igual. Era capaz de oír sus pasos aproximándose quedamente bajo la mesa del comedor hasta situarse bajo su silla, por debajo del ruido de la vajilla y la cubertería y de la jarana de la comida y la cena.
Sí, Trueno (así la bautizó Coque en un alarde de hilaridad) vivía por debajo y en un mundo completamente silencioso.

Después de la cena, Jorge se recostó en el sofá, y se quedó dormido viendo cómo su tía Yoli barría asombrosos montones de mosquitos, aniquilados horas antes por el insecticida, y cuya abundancia era debida a la marisma cercana. Lo que en el pantano amasaba densas nubes irrespirables, ahora yacía en forma de una gran duna negra por el piso.

Aquella misma noche soñó por primera vez con Trueno. Ambos eran prácticamente del mismo tamaño y caminaban bajo la luna a lo largo de la orilla del mar. La arena de las dunas estaba constituida por una infinidad de osamentas de mosquitos que el viento había acumulado durante décadas. La tortuga no quería comer mosquitos envenenados y echaba de menos las profundidades submarinas, donde no hacía calor, ni había ruido, ni siquiera gravedad. Allí no era una pesada y lenta criatura y podía volar como un albatros por océanos infinitos, tenía amigos y había comida en abundancia. Jorge no era capaz de imaginar a Trueno surcando el cielo.

A lo largo de varias noches Trueno le contó los secretos del mar, las corrientes, los bosques submarinos, los peces luminosos de la profundidades, las danzas de los cangrejos, los escondrijos de las morenas, las temibles mantas, y los increíbles colores transparentes de las medusas. Trueno hablaba despacio e interminablemente mientras Jorge sentía la brisa nocturna en la cara y pinchazos en la planta de sus pies de niño y el crujir de la alfombra de insectos. A veces Jorge le pasaba la mano por la cicatriz que había dejado el nombre de su hermano pero Trueno no parecía darse cuenta. A Jorge le resultaba sumamente extraño que un nombre, una marca de propiedad pudiera ser también una herida, y también que la arena fuera, en realidad, un enorme y tenebroso cementerio. Entonces se arrimaba más a su compañero, que le hablaba dulcemente ajeno a sus temores.

Pero una noche Trueno no pudo hablar más. Dejó caer una lágrima y luego le informó de que definitivamente tendría que marcharse. Sólo lo dijo una vez y luego permaneció en silencio. Jorge empezó a gritar que no se marchara, que lo necesitaba, que, por favor, no se marchara. La tortuga solamente le contestó que, probablemente, volverían a verse de nuevo, aunque nunca volvería a ser igual, mientras le empezaba a cegar la luz de la luna.
- !No me dejes, por favor! !No me dejes!- Surgió de su garganta. Y entonces despertó aturdido, de pié, en medio de la cocina a medio iluminar por la luz de la nevera abierta y delante de un Coque sentado en una banqueta con las piernas abiertas, en calzones y camiseta de hombrillos, con un botellín en la mano. Jorge tenía las manos tendidas y los pies helados por la piedra del terrazo.
- !Pues claro que no te voy a dejar, niñato! Si me ve tu madre darte un botellín me mata. Acabas de destetarte y ya vienes a darle al morapio. !Jo, cómo vienen los críos ahora! !Hala, a la cama!. Que la nevera es para los mayores.
Jorge corrió a su cuarto, y comprobó con alivio que Trueno seguía bajo el somier de muelles. Todavía dormía.



* * *

Por la mañana Jorge anduvo distraído. Después de desayunar, y mientras los mayores preparaban las bolsas de playa, abrió el cuadernillo de acuarelas de Juanjo, y le encantaron los dibujos llenos de tonalidades y matices que había conseguido su hermano. No se salía nunca. A él todos los dibujos se le hacían borrones, pensó con desazón. No conseguía una figura proporcionada ni meter los colores en su contorno.

En la playa ya se atrevió a meterse en el mar. Pero Trueno, ese día, permaneció junto a las toallas. No le seguía por la arena. Volvió sobre sus pasos y comenzó a buscar todos los animales enterrados en la arena días antes, enfadado consigo mismo por haberlos perdido. Por salirse pintando. Por ser tan pequeño. Por querer beber cerveza. Por tener tanto miedo. Y escarbaba con desesperación hasta que su hermano le gritó.

-¿Dónde está mi tortuga?

No estaba acostumbrado a ocuparse de ella, porque de todos modos le seguía. Pero es verdad que hoy no.
No contestó porque se quedó nuevamente sin voz, ante el abismo que se abría ante él. Trueno había desaparecido.

Juanjo fue a contárselo a su madre sin contener su irritación por tener un hermano tan desesperante.
- Pero ¿se puede saber qué estabas haciendo? - Le recriminó su madre a gritos, harta de gritos- ¿No sabes cuidar de la tortuga? Hace un momento estaba aquí, y ¿no puedo darme la vuelta sin que desaparezca?¿Tu eres tonto o qué te pasa?- Continuó gritando ella, como un enjambre de mosquitos del pantano, mientras Jorge ya no la escuchaba.

Su madre y su hermano le gritaban. Había fallado de nuevo. Era su culpa. Trueno ya no estaba.


* * *
Esa noche volvió a soñar con Trueno, pero de una forma distinta. Quería ser él, tener su caparazón para ser duro por fuera, y defender el inmenso silencio que atesoraba, y no estar indefenso, y caminar con lentitud y determinación, y poder navegar, volar por el mar, con todas esas criaturas maravillosas. Y, de pronto estaba en la playa, con la luna iluminando con brillos negros y metálicos el inmenso camposanto de insectos que formaban las dunas y que se clavaban en las blandas plantas de sus pies.
Se atrevió a acercarse al agua, y una alfombra de blanda arena saludó su decisión. Las olas, obsequiosas y sonrientes se alegraron de acogerlo y él sintió el frescor y la promesa del mar.

* * *


EFE- Fuentes de la Comandancia de la Guardia Civil de San Carlos de la Rápita informaron de que a primeras horas de la mañana fue hallado en unas rocas cercanas a la playa de la localidad el cadáver de un niño de cuatro años de edad de nombre JFM. Sus padres, veraneantes en la zona, según declaraciones en dicha comandancia, dieron cuenta de su inexplicable desaparición del apartamento próximo a la misma en cuanto supieron de ella, personándose inmediatamente una patrulla para su búsqueda por los alrededores, hallando pronta y triste respuesta a sus averiguaciones.
El suceso tiene consternada a la pequeña población. Las autoridades, que proseguirán la investigación, insisten en extremar la vigilancia de los menores para que, como cada verano, estos hechos no se ....